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Obras de Juan J. Jorge Harb
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La pintura esencial es pintura ontológica: concierne al ser y a la identidad. Se trata de un concernir a lo permanente, que de ninguna manera constituye una apelación a lo eterno, siquiera a lo sacro, si bien sí a lo mítico y a lo místico.
Retratos que desatan la complejidad de los individuos -pero también el enigma que los compone, recalcando la integridad al igual que el misterio-, y escenas que describen momentos populares irrenunciables, tan pretéritos como presentes, conforman un conjunto de obras figurativas donde la pregnancia no traiciona la memoria, y lo pictórico abraza la ruptura, exaltando la musicalidad de lo existente.
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Con el transcurso de las semanas visité a Harb con frecuencia. Su consultorio-atelier es sobrecogedor. Uno puede distender la mirada e intentar comprender el críptico mundo de un artista vinculado al trascendente grupo Espartaco. Las paredes de la edificación están repletas de obras, y por doquier asoman atractivos bocetos hechos en hojas de diverso tamaño. Sobre uno de los escritorios un maletín con la tapa desplegada alberga parte de los materiales. Es una verdadera valija de artista que recuerda las obras conceptuales de Grippo y Vigo: en ella están parte de los acrílicos, óleos y pinceles que Juan emplea cotidianamente. “Acá pinto todos los días”, me dijo. “Y nació el mural del Che, que está en su casa museo de Alta Gracia”, continuó, mientras desplegaba un rollo gigante compuesto por varias hojas pegadas unas a otras: era el boceto a mano alzada del comandante. Una pieza, a mi entender, de valor inestimable, tan valioso como la pintura final. Cabe recordar que la obra esta emplazada en el Museo cordobés de renombre creciente. La imagen explora toda la fuerza de los colores puros, subrayándose la firmeza del carácter en la profundidad de la mirada. No obstante, y muy a pesar de las certezas escrutadas en lo visible, subyace la mística revolucionaria, la cual flota en los ritmos reverberantes de una sensibilidad que comprende lo explícito sin marginar la belleza del enigma.
Es precisamente la capacidad de entrever lo no visto aquello que incrementa el valor ontológico de estas pinturas, grabados y dibujos. La actitud de volver visible al ser, con todos sus atisbos difusos, y hacerlo sin caer en la anécdota o el panfleto, es verdaderamente difícil. Obras como “Obrero” (retrato de Antonio Skara, fallecido presidente de la Cooperativa Popular de Electricidad, donada a la institución homónima en el presente año) contienen en sí toda la rica experiencia pictórica, cognoscitiva y vivencial de su autor; no sólo interpelan –a través de la sólida mirada del dirigente cooperativo-, sino que poetizan lo existente, volviéndose forma pura y alegato del color.
Hace unos meses el pintor Nicolás Mensa me obsequió un enorme libro bilingüe escrito por Fermín Fèvre. Bajo el título “Reivindicación de la pintura (The vindication of painting)”, el reconocido teórico aborda los trabajos de aquel plástico. Es un título más que interesante, y me regresa a la obra de Juan J. Harb, la cual constituye una reivindicación de lo existente. Reivindicación, claro, a partir de la plena existencia del color y la forma; una reivindicación de la vida, la humanidad y la justicia. Una reivindicación, a secas.































